Cuando el silencio dice más que las palabras
Entre todos los gestos que Jesús realiza durante su vida pública, el lavatorio de los pies sigue siendo, sin duda, uno de los más llamativos. No se trata ni de un milagro espectacular ni de una compleja enseñanza teológica. Se trata de un gesto sencillo y concreto, casi corriente en aquella época. Y, sin embargo, aquella noche, en la sala de la Última Cena, ese gesto se convirtió en una cumbre. Revela todo el corazón de Dios. Anuncia la cruz. Transforma nuestra forma de amar.
Esa tarde, Jesús no da un largo discurso sobre el servicio, la humildad o la caridad. Se levanta. Coge una toalla. Vierte agua. Se arrodilla. Y lava los pies de sus discípulos, uno por uno. Este gesto, más que un símbolo, es una acción llena de verdad. Conmueve. Enseña. Conmueve.
El gesto de un siervo, realizado por el Maestro
En la cultura judía, lavar los pies era una tarea reservada a los siervos, a menudo los más humildes. Los caminos eran polvorientos, los pies sucios, las sandalias abiertas. No se lavaban los pies de un igual, y mucho menos de un superior. Y ahora Jesús, el Maestro, el Señor, se inclina para tocar la suciedad, para purificar lo que está cansado, herido, desgastado.
Podría haber hablado del servicio, dar una definición del mismo, explicar lo que es el amor en los hechos. Pero prefirió hacerlo. No de forma distante, sino implicándose, físicamente, en silencio. Este gesto, realizado en silencio, encierra toda la lógica del Evangelio: hacerse pequeño, hacerse cercano, hacerse don.
Un amor que no se achica ante el polvo
Lo que llama la atención de este lavatorio de los pies es que Jesús no clasifica. No lava sólo a los que le aman. Lava también los pies de Judas, el hombre que le va a traicionar. Lava los pies de Pedro, que le negará. Lava los pies de los otros discípulos, que huirán. No finge no saber. Este gesto nos dice que Dios no se arredra ante nuestra suciedad. No se aleja de nuestras traiciones, de nuestras incoherencias, de nuestras evasiones. Viene a arrodillarse en nuestro punto más bajo, allí donde nos daría vergüenza dejarle vernos. Y allí, sin juzgarnos, nos lava. Nos levanta. El amor de Dios no tiene miedo de lo que está dañado. No se queda a distancia. Toca. Viene a curar a través de la ternura. Llega a nosotros donde nadie llegaría.
Un gesto que hay que imitar, no sólo admirar
Después de lavar los pies a sus discípulos, Jesús se levanta y les dice: "Me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros". Este gesto no es sólo algo para contemplar. Es una invitación. Una forma de vida. Una misión.
No se trata de reproducir el gesto literalmente cada día. Se trata de vivir con el mismo espíritu. De convertirnos, cada uno en nuestro lugar, en personas capaces de asomarnos. De escuchar. De servir sin esperar nada a cambio. De humillarnos no por obligación, sino por amor.
En un mundo marcado a menudo por la carrera por el reconocimiento, por el orgullo, por el miedo a perder el sitio, este gesto sacude nuestros puntos de referencia. Nos muestra que la verdadera grandeza no reside en lo que poseemos o en lo que sabemos, sino en la capacidad de amar concreta, silenciosa, fielmente.
Un gesto que prefigura la cruz
Este gesto del lavatorio de los pies no es aislado. Prepara para lo que está por venir. Jesús no se agacha sin más. Va a darlo todo. Va a dar su vida. La cruz ya está ahí, en ciernes, en este momento de silencio. Jesús comienza a abajarse para que nosotros seamos elevados. Desciende a lo más profundo para alcanzarnos en nuestra humanidad herida.
El lavatorio de los pies es una parábola viva de la Pasión. Es su umbral, su entrada suave. Ya lo dice todo sobre lo que Jesús experimentará en la cruz: un amor que se entrega, que no juzga, que se ofrece hasta el final.
Conclusión
El lavatorio de los pies no es un detalle del Jueves Santo. Es el corazón del mismo. Es un gesto más poderoso que cualquier discurso. Un gesto que expresa la esencia del amor cristiano. Un amor humilde, concreto, silencioso. Un amor que se inclina para elevarse. Un amor que no elige a sus destinatarios. Un amor que se encarna en las manos, en el agua, en la paciencia.
Este gesto continúa hoy. Cada vez que alguien elige servir en la sombra. Cada vez que se perdona sin brillo. Cada vez que un corazón herido es escuchado sin ser juzgado. Allí, en secreto, el amor de Cristo continúa. Y su gesto sigue hablando.