El Domingo de Ramos marca un momento fuerte del Evangelio: Jesús llega a Jerusalén, aclamado por las multitudes, aclamado como rey, reconocido como el Mesías. Este día marca el comienzo de la Semana Santa, una semana a la vez luminosa y seria, alegre y dolorosa, en la que se va revelando la verdad del amor de Dios.
Acompañar a Jesús en su entrada triunfal no es sólo recordar un acontecimiento. Significa elegir, hoy, caminar con él, acogerlo en nuestro corazón y preparar interiormente el camino hacia la Pascua. Estos cinco versículos son pasos para abrir nuestro corazón a su venida, acogerle con fe y seguirle con confianza.
"¡Alégrate, hija de Sión! He aquí que tu rey viene a ti, humilde, montado en un asno." Zacarías 9:9
Este versículo, citado en los Evangelios, es la profecía que anuncia la entrada de Jesús en Jerusalén. No viene como un conquistador. No monta un caballo de guerra, sino un asno. No viene a dominar, sino a servir. Es rey, pero de una realeza nueva, humilde y ofrecida.
Acompañarle es aprender a reconocer su realeza en la mansedumbre, en la abnegación, en la verdad. Significa acoger a un Dios que no se impone, sino que se da. Significa también dar espacio a esta humildad en nuestras vidas: renunciar a nuestras ilusiones de poder, a nuestro orgullo, para seguir a un Mesías que se hace pobre.
"¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor!". Marcos 11,9
Este grito de la multitud es un grito de alegría, de expectación, de fe. Procede del Salmo 118, cantado durante las grandes fiestas judías. Hoy se convierte en nuestra oración. Acogemos a Jesús en nuestros corazones, en nuestras vidas, como el Salvador enviado por el Padre.
Acoger a Jesús significa reconocer que él es nuestra esperanza. Significa abrirle las puertas de nuestra vida, como Jerusalén abre sus puertas. Significa creer que viene a traernos paz, luz y fuerza. Y aunque, a veces, seamos como la multitud que cambia de opinión, que lo aclama y luego lo abandona, Él sigue viniendo. Con paciencia. Con amor.
"Hasta las piedras gritarán". Lucas 19:40
Cuando los fariseos le piden a Jesús que haga callar a la multitud que le aclama, él responde con esta sorprendente frase: "Si callan, gritarán hasta las piedras." Esto significa que la verdad de quién es él no puede ser suprimida. Que ni siquiera el silencio de los hombres puede acallar a toda la creación.
Este versículo nos invita a no callar nuestra fe. A no avergonzarnos de alabar, de rezar, de dar testimonio. A dejar que brote de nosotros la alabanza verdadera, sencilla, espontánea. Aunque otros se nieguen a ver o a creer, la luz sigue brillando. Y nosotros también estamos llamados a convertirnos en portadores de esa luz.
"Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas". Lucas 3:4
Este versículo, tomado de Juan el Bautista, resuena de un modo especial en este día. Antes de que Jesús entre en Jerusalén, la gente extiende sus mantos, tiende ramas. Preparar el camino del Señor en nuestras vidas significa ordenar nuestros corazones. Significa quitar lo que nos estorba, lo que nos estorba, lo que nos pesa. Significa decirle que de verdad queremos que venga. Hacerle el centro. Es un proceso interior, que requiere silencio, atención, deseo.
"Padre, glorifica tu nombre". Juan 12, 28
Al acercarse la Pasión, Jesús reza. No pide ser glorificado por sí mismo. No busca aplausos. Quiere que el nombre de su Padre sea glorificado. Incluso en el sufrimiento. Incluso en la prueba. Ese es su triunfo: amar hasta el extremo, para que resplandezca el amor del Padre.
Acompañar a Jesús en su entrada triunfal es comprender que su gloria está en el don. No es un triunfo exterior, sino una victoria interior. Y ahí está nuestra esperanza: en un amor más fuerte que el odio, en una luz que nada puede apagar.
Conclusión
Estos versos son como un camino espiritual. Nos permiten entrar en la Semana Santa siguiendo los pasos de Jesús, no como espectadores, sino como discípulos. Mientras le vemos entrar en Jerusalén, aclamado pero ya de cara a la cruz, se nos invita a ofrecerle nuestros corazones, nuestras luchas, nuestras preguntas, nuestros silencios.
Llevar un ramo ese día es mucho más que un rito. Es un compromiso. Es decirle a Jesús que queremos caminar con él. Que realmente queremos dejarle entrar. Y que, también en nuestras vidas, él puede ser reconocido como rey... humilde, gentil y lleno de amor.