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Domingo de Ramos: entrada en la Semana Santa con Jesús

artículo publicado en 22/07/2025 en categoría: Noticias religiosas
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Una fiesta... con los colores de la Pasión


El Domingo de Ramos es una fiesta única en el año litúrgico. Reúne dos emociones opuestas: la alegría de un pueblo que aclama a Jesús como rey y el comienzo de su ascensión a la cruz. Este día marca el inicio de la Semana Santa, los días más intensos de la fe cristiana. No se trata de una mera evocación del pasado. El Domingo de Ramos es una llamada, aquí y ahora, a seguir a Cristo con todo lo que ello implica: alabanza, pero también entrega total.

En la misa, la liturgia comienza con una procesión de ramos, que recuerda la acogida triunfal que Jesús recibe en Jerusalén. Pero muy pronto, el ambiente cambia. Se lee el relato de la Pasión. Entramos en el misterio del rechazo, el sufrimiento y la soledad de Cristo. Esta tensión entre gloria y humillación está en el corazón del mensaje cristiano. Y es también, a menudo, lo que experimentamos en nuestra propia vida.


Jesús entra en Jerusalén: el rey humilde


El Evangelio cuenta cómo Jesús entra en Jerusalén sentado en un borriquillo, aclamado por una multitud que agita ramas y grita: "¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor!". Este gesto cumple una antigua profecía, la de Zacarías: "He aquí que vuestro rey viene a vosotros, humilde, montado en un asno"

Hay una profunda belleza en esta escena, pero también una cierta ambigüedad. La multitud aclama a un rey... pero no entiende muy bien de qué rey se trata. Esperaban un mesías glorioso, político, liberador. Jesús viene a ofrecer su vida. No toma el poder, se entrega. No monta un caballo de guerra, sino un animal de paz. Esta entrada en Jerusalén es también la entrada de Dios en nuestra historia, en nuestras ciudades, en nuestras vidas. No para dominar, sino para amar. No para imponerse, sino para encontrarnos allí donde estamos.


Los ramos: un gesto que nos compromete


Los ramos que se bendicen en este día no son meros adornos. Son un signo de fe, un compromiso. Al sostenerlos en nuestras manos, decimos que acogemos a Jesús como Señor. Pero ¿estamos dispuestos a seguirle hasta el final? ¿Hasta la cruz?

Muchas personas dejan estos ramos en sus casas, colgados de un crucifijo o escondidos detrás de un cuadro. Se convierten en un recordatorio vivo. Un recordatorio silencioso de que una vez dijimos "sí" a Cristo. Un recordatorio de que la fidelidad no es un impulso puntual, sino un camino que hay que continuar cada día.


La historia de la Pasión: luz en la noche


Este mismo día, el Evangelio nos sumerge en la historia de la Pasión. Jesús es traicionado, arrestado, juzgado, condenado, golpeado y crucificado. El contraste es marcado. El que fue aclamado es ahora rechazado. El que estaba rodeado ahora está solo.

Pero en esta Pasión no sólo hay sufrimiento. También hay un inmenso amor, perdón a sus verdugos, confianza absoluta hasta el final. Jesús no se somete a la Pasión. La vive libremente, por amor. Y este ofrecimiento de sí mismo se convierte en fuente de nuestra salvación.

El Domingo de Ramos nos sitúa ante este misterio: un Dios que ama hasta el extremo, un Dios que no rehúye la cruz para llegar hasta nosotros en nuestras heridas.


Entrar con Él en la Semana Santa


El Domingo de Ramos no es un fin en sí mismo. Es una puerta. Una invitación. Una entrada en la Semana Santa, ese gran viaje que nos lleva de la Pasión a la Resurrección. Estamos llamados a no permanecer como espectadores, sino a seguir a Jesús.

Seguir a Jesús esta semana no consiste sólo en asistir a los oficios. Significa acompañarle interiormente. Significa ofrecerle nuestras propias cruces. Significa verle amar, callar, rezar y perdonar. Es decirle que nosotros también queremos caminar con Él, aunque nuestra fe sea a veces débil, aunque nuestros pasos sean vacilantes.


Conclusión


El Domingo de Ramos es una fiesta profunda. Abre una semana única, en la que Dios se revela en la abnegación, en la humildad, en el amor hasta el extremo. Al levantar nuestros ramos, hacemos algo más que recordar. Elegimos, una vez más, abrir nuestros corazones a Cristo. Y aunque sepamos que va a la cruz, también sabemos que, al final del camino, triunfará la vida. La luz no se apagará. La Resurrección ya se está gestando en este día en que todo comienza.

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