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Cómo vivir la alegría pascual cada día

artículo publicado en 22/07/2025 en categoría: Noticias religiosas
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La Pascua es una explosión de luz. Una alegría inmensa, a veces difícil de describir. Después de los cuarenta días desiertos de la Cuaresma, la Resurrección de Cristo lo pone todo patas arriba. Abre un nuevo camino, devuelve el sentido, nos eleva. Pero una vez terminada la fiesta, una vez que las campanas han dejado de sonar, la ropa se ha guardado, los bombones se han comido... ¿qué queda? ¿Cómo vivir esta alegría en la vida cotidiana, en la rutina, en los días ordinarios en los que nada parece cambiar?

La alegría de la Pascua no es un espectáculo efímero de fuegos artificiales. Es un fuego que arde en lo más profundo. Una luz que ilumina incluso los días grises. Es una alegría duradera, arraigada en una promesa: Cristo está vivo, y su vida está en nosotros. Pero para que no se desvanezca, necesitamos cultivarla, alimentarla, anclarla. He aquí algunas maneras en que esta alegría puede seguir habitando nuestros días.

Acoge la alegría como un don, no como una emoción


Lo primero que hay que recordar es que la alegría pascual no es euforia. No es un estado de ánimo pasajero. No depende de nuestro estado de ánimo ni de nuestras circunstancias. Es un don, una gracia. Procede de Cristo resucitado. Es su presencia viva en nosotros. Incluso cuando estamos cansados, incluso cuando tenemos dudas, esta alegría puede existir. No es una fachada sonriente, es una paz interior. Un aliento discreto que dice: "No estás solo. La vida ha ganado"

Para experimentar esta alegría a diario, tenemos que empezar por acogerla. Hacerle sitio. Deseándola. Reconocerla en pequeñas señales. A veces se esconde en una mirada, un silencio, una oración susurrada. No siempre es un estallido de risa, pero es una luz suave que nos mantiene en pie.


Recordar a nuestro corazón la promesa de la Pascua


Necesitamos memoria. Recordarnos a menudo lo que significa la Pascua: Cristo pasó por la muerte, y vive. Eso lo cambia todo. Significa que nunca nada está totalmente perdido. Que el fracaso no es el final. Que la vida continúa, transformada. Podemos recordar esta promesa cada día. Releyendo un pasaje del Evangelio. Encendiendo una vela. Mirando un crucifijo vacío. Porque la cruz es ahora un lugar donde brilla la luz.

Recordar la Pascua no es obligarnos a estar alegres. Se trata de volver a decirnos a nosotros mismos que la esperanza es más fuerte. Y que Dios actúa, incluso en lo que aún no comprendemos.


Elegir la vida, incluso en las pequeñas cosas


La Resurrección no es sólo un acontecimiento espiritual. Es una forma de vida. Vivir la alegría pascual es elegir la vida cada día. Elegir bendecir en lugar de maldecir. Levantar a alguien en lugar de empujarlo hacia abajo. Hacer un gesto de amor, por pequeño que sea. Es confiar cuando todo te empuja a retirarte. Significa volverse hacia los demás, con dulzura. Significa negarse a desanimarse. Son opciones sencillas, pero que transforman el corazón.

Y cada vez que elegimos la vida -incluso sin saberlo- dejamos que la luz de la Pascua arraigue un poco más en nosotros. Nos convertimos en portadores de esa alegría, sin necesidad siquiera de palabras.


Cuidar la luz interior


Como cualquier llama, la alegría pascual necesita atención. Necesita ser protegida del viento, del olvido, de la fatiga. Esto significa dedicar tiempo a la oración, por breve que sea. Por un silencio que nos deje respirar de nuevo. Guardando una palabra del Evangelio en el corazón. No se trata de hacer más, sino de vivir de otra manera. De mantener un vínculo con Aquel que da la vida.

En esos momentos en los que la alegría parece desvanecerse, no es grave. Podemos volver, suavemente. Volver a Cristo. Decirle: "Reaviva tu luz en mí". Y Él lo hace. Porque es Él quien da la alegría, no nosotros quien la hacemos.


Convertirnos en testigos de esta alegría


La alegría pascual no es para guardársela uno mismo. Hay que compartirla, transmitirla, ofrecerla. No ruidosamente, sino de verdad. Puede verse en una forma de ser: más pacífica, más confiada, más abierta. A veces, un rostro lleno de paz dice más que mil palabras.

Ser testigo de la Resurrección no consiste en entenderlo todo. Significa vivir en la creencia de que la luz brilla, incluso en las grietas. Y es esta fe, discreta pero real, la que puede tocar los corazones que nos rodean.


Conclusión


La alegría de la Pascua no es un recuerdo del pasado. Es una presencia que acompaña cada día. No grita. No se impone. Se despliega en el silencio, en el amor, en la confianza. Es la alegría de saber que para Dios nada está acabado. Que la vida siempre renace. Y que el Resucitado camina con nosotros. Por eso, incluso cuando los días se vuelven ordinarios, incluso cuando vuelve el cansancio, podemos seguir viviendo en esta luz. Y recordar, sencillamente: Cristo está vivo. Y yo también.

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