En la noche de Pascua, se enciende una llama. Sólo una, al principio, frágil, titilante. Luego pasa de mano en mano, de vela en vela. La luz crece, invade el espacio. Y poco a poco, la oscuridad retrocede. Este gesto, tan sencillo y tan bello, está en el corazón de la liturgia pascual. No es una decoración. Es un lenguaje. Porque en Pascua, los cristianos celebran mucho más que un acontecimiento antiguo: celebran el retorno de la luz, el triunfo de la vida, el renacimiento de la esperanza. Y esta luz es la de Cristo resucitado.
Una luz en la noche
La Pascua comienza en la noche. No porque aún no haya salido el sol, sino porque esta noche recuerda a la noche del corazón humano. La noche de la duda, del sufrimiento, de la injusticia, de la espera. La noche de la tumba. La noche del silencio de Dios. Pero en el corazón mismo de esta oscuridad, surge una llama. No se enciende de golpe, sino que se extiende lentamente. Como un soplo, como una promesa. La luz pascual no niega la noche: la atraviesa. Y por eso habla a tantos corazones. Porque dice que nada está definitivamente perdido.
Cristo, la luz del mundo
En el Evangelio según San Juan, Jesús dice: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas". Estas palabras cobran todo su sentido en Pascua. La luz que se enciende esa noche no es simbólica: representa a Cristo vivo. El que ha atravesado la muerte. El que ilumina incluso las tinieblas más densas. Para los cristianos, Jesús no es sólo una figura del pasado. Es la luz que sigue brillando en sus vidas, guiándolas, calentándolas, elevándolas. El fuego pascual, encendido en la noche, se convierte en una forma de proclamar que Cristo está vivo, hoy.
Una luz que se transmite
Lo sobrecogedor de la liturgia de la noche de Pascua es que esta luz no queda en manos de uno solo. Se da, se transmite y se comparte. Cada uno enciende su cirio junto al de otro. Y poco a poco, la iglesia se ilumina. Este gesto dice algo muy fuerte: la fe no es un tesoro que se guarda para uno mismo. Es una luz que recibimos y transmitimos. Es una luz que calienta, que nos une, que construye comunidad. E incluso en momentos en los que pensamos que hemos perdido nuestra fe, podemos venir y reavivar su llama con un hermano, una hermana, un amigo.
Una luz para iluminar nuestras vidas
Celebrar la luz en Pascua no es sólo vivir un momento hermoso en la liturgia. Significa optar, una vez más, por dejar que Cristo ilumine nuestras vidas. Significa dejarnos tocar por esta luz que no juzga, sino que revela. Saca a la luz lo que hay de bello en nosotros, lo que necesita ser sanado, lo que aún puede crecer. Nos impulsa a salir de nuestro encierro, a caminar hacia una mayor verdad, mansedumbre y paz. La luz del Resucitado no brilla sólo en el exterior: viene a iluminar los rincones más oscuros de nuestro corazón, a darnos nueva vida.
Conclusión
En Pascua, los cristianos no sólo celebran una historia. Celebran una presencia. Una luz viva, dada a todos, para que la noche nunca sea definitiva. Esta luz es la luz de Cristo resucitado, la luz de la esperanza más fuerte que el miedo, la luz de la vida más fuerte que la muerte. Y aunque a veces la llama parpadee, no se apaga. Porque viene de Dios. Y cuando esta luz circula, de mano en mano, de corazón en corazón, transforma el mundo, discreta pero seguramente. Por eso, en la noche de Pascua, los cristianos encienden una hoguera: para decir, sencillamente, que la luz ha vencido.
La luz de Dios.