Cuando cae la noche sobre Lourdes, el Santuario va cambiando poco a poco de aspecto. Los peregrinos se reúnen, las conversaciones se van apagando y miles de pequeñas luces comienzan a aparecer en la noche. Cada uno sostiene en la mano una vela protegida por un volante de papel. Entonces resuenan las primeras palabras del Ave María.
Es el comienzo de uno de los momentos más conocidos y emotivos de una peregrinación a Lourdes: la Procesión mariana con antorchas.
Cada noche, durante la temporada de peregrinaciones, miles de personas procedentes de Francia y de todo el mundo se reúnen para caminar y rezar juntas. Se mezclan diferentes idiomas, conviven distintas generaciones, las personas enfermas avanzan rodeadas de los hospitalarios, mientras que las familias llevan en su corazón sus propias intenciones.
En medio de esta multitud, miles de velas iluminan la explanada.
Pero, ¿por qué esta procesión ocupa un lugar tan importante en Lourdes? ¿De dónde viene esta tradición? ¿Por qué se lleva una vela? ¿Y qué significa ese inmenso río de luz que atraviesa el Santuario al caer la noche?
Para comprenderlo, hay que remontarse a las apariciones de la Virgen María a Bernadette Soubirous en 1858.
Los orígenes de la Procesión de las Antorchas
La historia de la procesión está profundamente ligada a las apariciones de Nuestra Señora de Lourdes.
El 11 de febrero de 1858, Bernadette Soubirous, de 14 años, se dirigió a las cercanías de la Gruta de Massabielle con su hermana y una amiga para recoger leña.
Allí es donde ve por primera vez a una misteriosa Señora vestida de blanco, con un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie.
Bernadette sacó entonces su rosario y comenzó a rezar.
A esta primera aparición le seguirían otras diecisiete, hasta el 16 de julio de 1858.
En muy poco tiempo, los habitantes de Lourdes se enteran de lo que está ocurriendo en Massabielle. A pesar de las dudas y las oposiciones, cada vez más personas acompañan a Bernadette a la Gruta.
Durante las apariciones, Bernadette adquiere la costumbre de acudir con una vela encendida.
Este sencillo gesto está en el origen de una tradición que no dejará de crecer.
Aún hoy, las velas ocupan un lugar esencial en Lourdes. Arden junto a la Gruta día y noche y acompañan la oración de los peregrinos.
«Que vengan en procesión»
Una de las palabras de la Virgen María a Bernadette permite también comprender la importancia que han adquirido las procesiones en Lourdes.
Durante la decimotercera aparición, el 2 de marzo de 1858, la Señora le pidió a Bernadeta:
«Ve a decirles a los sacerdotes que vengan aquí en procesión y que construyan aquí una capilla». »
Bernadette acudió entonces al párroco de Lourdes, el abad Dominique Peyramale, para transmitirle esta petición.
En aquella época, nadie podía imaginar la magnitud que alcanzarían aquellas pocas palabras.
Más de un siglo y medio después, millones de peregrinos han acudido efectivamente en procesión a Lourdes.
Y se han construido varias basílicas e iglesias alrededor de esta pequeña gruta que antaño se encontraba alejada de la ciudad.
La procesión no es, por tanto, simplemente una tradición creada con el paso de los años. Se hace eco directamente del mensaje transmitido por Bernadette.
¿Por qué una procesión?
En la tradición cristiana, una procesión representa mucho más que un simple desplazamiento de un lugar a otro.
Caminar juntos tiene un significado espiritual.
La propia vida cristiana se presenta a menudo como un camino.
Avanzamos hacia Dios con nuestras alegrías, nuestras dificultades, nuestras esperanzas, nuestras dudas y nuestras heridas.
En Lourdes, esta imagen se hace visible.
Miles de personas caminan juntas.
Algunas han venido a pedir una curación.
Otras quieren dar las gracias por una gracia recibida.
Algunas confían a un hijo, a un familiar enfermo, a una pareja en dificultades o a una persona desaparecida.
Otras simplemente vienen en busca de paz o para recuperar la fe.
Nadie conoce todas las intenciones que alberga esta multitud.
Sin embargo, durante unos instantes, todos avanzan en la misma dirección y recitan la misma oración.
Es esta sencillez la que confiere a la Procesión de las Antorchas gran parte de su fuerza.
¿Por qué llevan los peregrinos una vela?
La vela es uno de los símbolos cristianos más antiguos.
En el Evangelio según San Juan, Jesús afirma:
«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. »
La llama recuerda, por tanto, ante todo a Cristo, luz del mundo.
Encender una vela es una forma de hacer visible esta oración.
La llama sigue ardiendo incluso cuando quien la ha encendido ya se ha marchado.
Puede simbolizar una intención confiada a Dios, una petición de protección, un agradecimiento, el recuerdo de un ser querido o, simplemente, la presencia silenciosa de quien reza.
Durante la Procesión de las Antorchas, este significado adquiere una dimensión impresionante.
Una sola vela produce una luz tenue.
Pero cuando miles de peregrinos alzan al mismo tiempo su vela, toda la explanada se ilumina.
La fe vivida individualmente se convierte entonces en una luz compartida.
Una procesión bajo el signo del Rosario
La Procesión de las Antorchas también está profundamente ligada al Rosario.
Este vínculo se remonta directamente a las apariciones.
Cuando Bernadette ve a la Señora por primera vez, saca su rosario. Durante las siguientes apariciones, el Rosario seguirá siendo el centro de su oración.
Hoy en día, los peregrinos que participan en la procesión meditan los misterios del Rosario mientras avanzan por el Santuario.
Las decenas se rezan en diferentes idiomas.
El francés, el italiano, el español, el inglés, el alemán, el latín y muchos otros idiomas pueden resonar entonces en la noche de Lourdes.
Esta diversidad resulta especialmente llamativa.
Una persona puede no entender el idioma de su vecino y, sin embargo, reconocer inmediatamente la oración que se recita.
El ritmo del «Dios te salve, María» se convierte en un lenguaje común.
El Ave María de Lourdes
Es casi imposible evocar la Procesión de las Antorchas sin pensar en el famoso estribillo:
«¡Ave, Ave, Ave María!»
Con cada estribillo, los peregrinos alzan sus velas.
Miles de pequeñas llamas se alzan entonces simultáneamente hacia el cielo.
Para muchos peregrinos, es uno de los recuerdos más intensos de su estancia en Lourdes.
Las voces, las velas, la noche, la basílica iluminada y la presencia de miles de personas reunidas en oración crean una atmósfera difícil de describir cuando nunca se ha vivido.
Sin embargo, no se trata de un espectáculo.
El silencio interior y la oración siguen siendo el núcleo de este momento.
Cada luz representa a una persona.
Y detrás de cada persona hay una historia.
Los enfermos en el centro de la procesión
Una de las características más destacadas de Lourdes es el lugar que se concede a las personas enfermas, con discapacidad o vulnerables.
No se les deja al margen.
Al contrario, ocupan un lugar central en las peregrinaciones y en las procesiones.
Acompañadas por los voluntarios y los hospitalarios, participan plenamente en la oración de la Iglesia.
Esta presencia confiere a la Procesión de las Antorchas una dimensión especial.
En nuestra vida cotidiana, la enfermedad y el sufrimiento suelen ocultarse.
En Lourdes, se les da la bienvenida.
El enfermo no es solo aquel por quien se reza. Él mismo es peregrino y miembro de pleno derecho de la comunidad reunida.
Este es también uno de los mensajes más poderosos del Santuario.
María, la que conduce hacia Jesús
La procesión se denomina «mariana» porque se celebra bajo la mirada de Nuestra Señora de Lourdes y va acompañada del rezo del rosario.
Pero en la fe católica, María nunca sustituye a Cristo.
Ella nos conduce hacia Él.
El propio mensaje de Lourdes se centra profundamente en la conversión, la oración y el retorno a Dios.
Cuando la Virgen se le aparece a Bernadette, no le pide que busque la gloria ni la riqueza.
Le habla de la oración.
Llama a la penitencia.
Invita a rezar por los pecadores.
Y cuando Bernadette le pregunta su nombre, la Señora responde el 25 de marzo de 1858:
«Soy la Inmaculada Concepción». »
En Lourdes, la devoción mariana es, por tanto, inseparable de la fe en Cristo.
La procesión expresa esta realidad: los peregrinos caminan con María para acercarse a Jesús.
Una inmensa familia procedente de todo el mundo
Participar en la Procesión de las Antorchas permite también descubrir otra realidad de Lourdes: la universalidad de la Iglesia.
En la misma procesión pueden caminar codo con codo peregrinos franceses, italianos, españoles, portugueses, alemanes, neerlandeses, polacos, africanos, asiáticos o estadounidenses.
A veces, unas pancartas indican las diócesis, las parroquias, las hospitalidades o las diferentes peregrinaciones.
Los niños avanzan con sus padres.
Los sacerdotes caminan con sus comunidades.
Los religiosos y las religiosas rezan el rosario.
Los voluntarios acompañan a los enfermos.
Algunos peregrinos se saben todas las oraciones de memoria.
Otros regresan a la iglesia tras años de alejamiento.
Y algunos descubren Lourdes por primera vez.
Durante la procesión, todas estas diferencias parecen desvanecerse ante una misma luz.
¿Se puede participar en la Procesión de las Antorchas sin ser creyente?
También asisten a la procesión personas que no son católicas o que se consideran alejadas de la fe.
De hecho, Lourdes acoge a numerosos visitantes atraídos por su historia, su patrimonio o, simplemente, por la fama del Santuario.
No es necesario saber todas las oraciones para caminar junto a los peregrinos.
También se puede permanecer en silencio, observar, escuchar o encomendar en silencio a un ser querido.
Para algunos visitantes, esta procesión supone incluso una primera toma de contacto con la oración cristiana.
Lourdes siempre ha sido un lugar donde se entrecruzan las certezas y las dudas, la fe profunda y la búsqueda espiritual.
Una luz en la noche
La fuerza simbólica de la procesión proviene también del momento en que tiene lugar.
Es de noche.
Y, sin embargo, la oscuridad nunca es total.
Aparece una llama.
Luego diez.
Luego cien.
Luego miles.
Esta imagen puede interpretarse como una auténtica parábola cristiana.
En la vida de cualquier persona, todos atravesamos en algún momento períodos de oscuridad: enfermedad, duelo, soledad, miedo al futuro, dificultades familiares o profesionales.
La fe no significa que estas pruebas desaparezcan milagrosamente.
Pero afirma que la oscuridad nunca tiene la última palabra.
Una pequeña luz puede parecer frágil.
Sin embargo, en la noche, se hace visible de inmediato.
La procesión de Lourdes nos recuerda así esta esperanza cristiana: incluso en medio de la prueba, la luz permanece.
Depositar las intenciones en Lourdes
Muchos peregrinos llegan a Lourdes con una intención concreta.
Algunos llevan en el corazón el nombre de una persona enferma.
Otros rezan por sus hijos o sus nietos.
Se viene a pedir paz en la familia, protección para un ser querido, fuerzas para superar una prueba o la gracia de un nuevo comienzo.
Otros peregrinos vienen a dar las gracias.
Una vela encendida puede convertirse entonces en el signo visible de esa intención.
No hace falta emplear grandes palabras.
Basta con una oración muy sencilla:
«María, te confío a esta persona. »
O simplemente:
«Señor, tú conoces mi intención».
En Lourdes, la oración suele consistir en gestos muy sencillos: tocar la roca de la Gruta, beber el agua del manantial, rezar un «Ave María» o encender una vela.
¿Qué hacer con la vela durante la procesión?
Tradicionalmente, los peregrinos llevan una vela provista de una protección de papel que permite proteger la llama.
Se puede dedicar unos instantes antes del inicio de la procesión a confiar interiormente una intención concreta.
Durante el rosario, la vela permanece encendida.
En el estribillo del Ave María, los peregrinos la levantan tradicionalmente.
Este gesto, repetido por miles de personas, crea ese magnífico mar de luz que se ha convertido en una de las imágenes emblemáticas de Lourdes.
Pero lo esencial, evidentemente, no es el gesto en sí mismo.
La vela es simplemente el soporte visible de una realidad invisible: la oración.
Una experiencia diferente en cada peregrinación
Incluso cuando ya se ha participado varias veces en la Procesión de las Antorchas, la experiencia nunca es del todo idéntica.
La multitud cambia.
Las intenciones cambian.
Y, sobre todo, cambia nuestra propia vida.
Podemos volver a Lourdes unos años más tarde con nuevas alegrías, pero también con nuevas pruebas.
Una vela que antes llevábamos para pedir una gracia puede convertirse, unos años más tarde, en una vela de agradecimiento.
Una persona por la que rezábamos puede que ya nos haya dejado.
Un niño puede haberse convertido en adulto.
Una dificultad que antes parecía insuperable puede haberse superado.
Eso es también la peregrinación: volver al mismo lugar con una historia diferente.
Los propios papas han participado en esta oración
La Procesión de las Antorchas también ha sido vivida por los sucesores de San Pedro durante sus peregrinaciones a Lourdes.
San Juan Pablo II, profundamente apegado a la Virgen María, rezó en Lourdes durante sus viajes de 1983 y 2004.
En septiembre de 2008, Benedicto XVI también se unió a la procesión mariana durante su peregrinación con motivo del 150.º aniversario de las apariciones.
Estas imágenes de un papa rezando el rosario con los peregrinos nos recuerdan una verdad muy sencilla: ante la Gruta, todos volvemos a ser peregrinos.
Ya sea un papa, un obispo, un hospitalario, un enfermo o una familia que acude por primera vez, todos pueden repetir las mismas palabras:
«Dios te salve, María, llena de gracia… »
La Procesión de las Antorchas en 2026
En 2026, esta tradición seguirá reuniendo cada noche a los peregrinos en Lourdes durante la temporada de peregrinaciones.
Y este año tiene un carácter muy especial con la anunciada visita del papa León XIV a Lourdes los días 26 y 27 de septiembre de 2026.
El programa de esta visita prevé, entre otras cosas, la participación del Santo Padre, el domingo por la noche, en un momento de oración en torno al rosario y a la procesión mariana.
La imagen promete ser especialmente impactante: el sucesor de Pedro en medio de los peregrinos de Lourdes, ante miles de velas encendidas en la noche.
Entonces se podrá escribir una nueva página en la historia de la Procesión de las Antorchas.
Un momento que hay que vivir al menos una vez en Lourdes
Hay muchas formas de descubrir Lourdes.
Se pueden visitar las basílicas.
Se puede ir al Cachot, donde vivió la familia Soubirous.
Se puede caminar hasta Bartrès, descubrir los lugares relacionados con la vida de Bernadette, asistir a una misa internacional o recorrer el Vía Crucis.
Pero para comprender algo del espíritu de Lourdes, probablemente haya que vivir al menos una vez la Procesión de las Antorchas.
Cuando cae la noche, resuenan las campanas y aparecen las primeras llamas, el Santuario parece entrar en otra dimensión.
Entonces, los peregrinos comienzan a caminar.
Se suceden los Ave Marías.
Las lenguas cambian.
Se alzan las velas.
Y, poco a poco, miles de pequeñas luces se funden hasta formar casi una sola.
Lourdes, una luz que sigue ardiendo
Desde la pequeña llama que Bernadette llevó ante la Gruta en 1858 hasta los miles de velas que hoy iluminan el Santuario, la luz se ha convertido en uno de los grandes símbolos de Lourdes.
Nos recuerda a Cristo, luz del mundo.
Representa la fe y la esperanza.
Acompaña las intenciones confiadas a la Virgen María.
También nos recuerda que nadie reza verdaderamente solo.
Cada noche, la Procesión de las Antorchas hace visible esta realidad.
Miles de hombres y mujeres que no se conocen avanzan juntos, cada uno con su propia historia, su propio sufrimiento, sus propios agradecimientos y sus propias esperanzas.
Luego, cuando resuena una vez más el Ave María, las velas se alzan en la noche.
Una multitud de pequeñas llamas se convierte entonces en una luz inmensa.
Quizá sea en esta imagen tan sencilla donde se encuentra uno de los mensajes más hermosos de Lourdes:
incluso en la noche, la luz de la fe, de la oración y de la esperanza sigue ardiendo.