Una velada como otra cualquiera, pero no del todo
El Jueves Santo comienza en una sala discreta, alrededor de una mesa. Nada espectacular. Una comida. Sólo amigos. Un momento sencillo, casi cotidiano. Y, sin embargo, lo que sucede esa tarde es inmenso. No fue una palabra solemne la que marcó el día, sino un gesto. Jesús se levanta, se quita el manto, coge una toalla, echa agua y se pone a lavar los pies de sus discípulos. Se inclina. Toca. Se inclina.
En el mundo de la época, este gesto estaba reservado a los sirvientes. Era una tarea humillante. Y Jesús, el Maestro, eligió hacerlo con delicadeza, sin teatralidad. Él no hablaba de amor. Lo vive. No teoriza sobre el servicio. Se da a sí mismo.
El amor no busca brillar
El Jueves Santo nos enseña que el verdadero amor no hace ruido. No necesita ser visto. No busca el reconocimiento. Se expresa en lo concreto, en lo cotidiano, en los gestos más sencillos. Jesús, al lavar los pies, nos recuerda que Dios no está lejos, arriba, sino cerca, de rodillas ante la humanidad.
Esa tarde, podría haber realizado un milagro deslumbrante. Eligió un gesto de humildad. Podía haberse elevado. Se agacha. Podría haber hablado de gloria. Habla de servicio. Podría haber condenado al que está a punto de traicionarle. Le lava los pies.
El amor de Dios no juzga. No se encoge ante la suciedad, la debilidad, la traición. Se queda. Se arrodilla. Toca. Bendice.
Un gesto que se convierte en sacramento
Esa misma tarde, Jesús toma el pan, lo parte, lo da. Toma el cáliz, lo bendice, lo comparte. Tampoco aquí hay discursos grandilocuentes. Simplemente dice: "Esto es mi cuerpo", "Esto es mi sangre". No se guarda nada. Se hace de comer. Presencia. Ofrenda.
Esta es la tarde de la Eucaristía. El momento en que el amor se convierte en pan compartido. Cuando la vida se da sin medida. Donde el cielo se desliza entre nuestras manos.
El Jueves Santo es un día de institución: el del servicio, el de la entrega total, el de la presencia real. Jesús lo da todo. Y pide a sus discípulos que hagan lo mismo: "Haced esto en memoria mía". No es sólo una palabra que hay que repetir. Es una vida que hay que imitar.
Cuando el amor se hace vulnerable
También debemos recordar que, aquella tarde, Jesús lo sabe. Sabe que Judas le va a traicionar. Sabe que Pedro le negará. Sabe que todos huirán. Y, sin embargo, los ama. Les sirve. Les entrega su cuerpo, su sangre, su confianza.
Esa noche, el amor no es sólo servicio. Es vulnerabilidad. Se entrega a aquellos que lo abandonarán. Se entrega sin garantías. Corre el riesgo de ser herido. Pero lo hace libremente, plenamente, hasta el final.
Es en esta fragilidad donde el amor se vuelve puro. No se protege. Se entrega. Eso es lo que hizo Jesús aquella tarde. Y eso es lo que nos invita a vivir, cada uno a nuestra manera, en nuestras relaciones, en nuestras familias, en nuestros compromisos.
Una llamada para hoy
El Jueves Santo no es un recuerdo fijo. Es una invitación viva. A amar concretamente. A servir con humildad. A dar sin calcular. No se trata de hacer grandes cosas. Se trata de dejarnos tocar por el amor de Cristo, y dejar que nos atraviese.
En un mundo a menudo centrado en la apariencia, en el poder, en el éxito, este día nos recuerda otro camino. El de la dulzura. El de la presencia. De tender la mano. De la escucha silenciosa. De vida ofrecida.
Conclusión
El Jueves Santo nos sitúa en el corazón del misterio cristiano. Un Dios que se hace siervo. Un Rey que se inclina. Un Maestro que se arrodilla. Un Salvador que se da a sí mismo como alimento. En este acto de servicio comienza todo. Es ahí donde el amor se encarna, se hace cercano, se hace sencillo.
Esa tarde, Jesús lo dio todo. No guardó nada para sí. Amó hasta el extremo. Y lo sigue haciendo, también hoy, en el silencio de la Eucaristía, en los gestos discretos de amor, en cada servicio vivido en la verdad.
Esa noche, Jesús lo dio todo.