Un viaje que comienza en silencio
La Semana Santa se abre como una puerta. No una puerta que se cierra de golpe, sino una que se empuja suavemente para abrirla. No se impone. Invita. Nos atrae hacia una luz discreta, la luz de Cristo que avanza hacia la cruz, con gravedad, con ternura, con fuerza. Y los que quieren seguirle también deben ir más despacio. Callar. Mirar. Escuchar.
Caminar con Jesús durante los Días Santos no es llenar tu agenda de celebraciones. No es marcar casillas. Se trata de entrar en un ritmo diferente. Significa dejarse moldear por el silencio. Un silencio habitado, denso, profundo. Un silencio que habla más que las palabras.
El silencio del jueves: una palabra ofrecida
El Jueves Santo es un día de gestos. Jesús habla poco. Se levanta de la mesa, toma una toalla, lava los pies. Comparte el pan, extiende el cáliz, dice simplemente: "Haced esto en memoria mía". Son gestos de amor total, silenciosos, casi ordinarios.
Pero es en este silencio donde todo está a punto de cambiar. Comienza el don. El Hijo se hace siervo. Toma el lugar de los más pequeños. Deja su cuerpo en manos de sus amigos, incluido el que le traicionará. Y entonces llega el huerto. La noche. La agonía. Jesús reza solo. Sus amigos duermen. El silencio se convierte en soledad. El peso se hace insoportable. Y, sin embargo, permanece allí.
Caminar con él ese día es aceptar que no lo entiendes todo. Es velar con él, sólo una hora. Es aprender a amar sirviendo, dando, callando.
Viernes de silencio: amor indefenso
El Viernes Santo no hay misa. La Iglesia enmudece. Callan las campanas. Los altares están desnudos. Todo parece suspendido. Y, sin embargo, es el día en que el amor se expresa con más fuerza. No con discursos. Con un cuerpo roto. Con ojos que perdonan. Con los brazos extendidos hasta el extremo.
Jesús no responde a las acusaciones. No se defiende. Pasa por la humillación, la violencia, el odio. Y ama. Hasta el final. Sin vuelta atrás. Sin condiciones.
Caminar con Jesús el Viernes Santo es no mirar hacia otro lado. Significa no huir del sufrimiento. Significa estar allí, al pie de la cruz, aunque no sepas qué decir. Significa atreverse a creer que, en este silencio de muerte, está naciendo una palabra de esperanza.
El silencio del sábado: la ausencia llena de promesas
El Sábado Santo es, sin duda, el día más extraño del año litúrgico. Dios parece ausente. Cristo está en el sepulcro. Los discípulos están dispersos, perdidos, encerrados en el miedo. No ocurre nada. Y, sin embargo, es un día de gestación. Un día en el que no vemos nada, pero en el que la vida ya se abre paso entre las tinieblas.
Es el silencio de la espera. El silencio de las entrañas de la tierra. El silencio de una promesa que se prepara.
Caminar con Jesús en ese día es aceptar que no hay respuesta. Significa creer, aun sin ver. Significa aguantar, sin comprender. Es esperar, incluso en el vacío. Significa confiar en el Dios que actúa en secreto.
El silencio que transforma
Caminar con Jesús en el silencio de los días santos significa dejar que la Palabra cale más hondo de lo habitual. Donde puede sanar. Donde puede ser fecunda. No es huir del mundo, es mirarlo de otra manera. Con los ojos de Cristo.
Significa también acoger otro ritmo, el del Evangelio. El del lavatorio de los pies. El de la espera en el huerto. De la mirada en la cruz. De la frágil luz que espera en la oscuridad.
En este silencio, algo sucede. No inmediatamente visible. Pero real. Dios está trabajando. Está trabajando en nuestros corazones. Está preparando la Resurrección.
Conclusión
La Semana Santa no es una representación espiritual. Es un camino. Una compañía. Un soplo de aire fresco. Y para seguirla hay que aceptar hacer silencio. A ponerse a disposición. A caminar despacio, observando a Jesús. No sólo cuando es aclamado, sino también cuando está solo, humillado, roto.
Y en ese silencio, día tras día, se prepara algo más fuerte que la muerte. Algo que ningún ruido del mundo puede impedir: el paso de las tinieblas a la luz. De la cruz a la vida. Del silencio al aleluya.