Un acto gratuito de amor
Rezar por los demás es hacer un acto de amor. No es sólo un deseo o una fórmula mágica: es un compromiso del corazón. Interceder significa rezar no por uno mismo, sino por un hermano, una hermana, una situación, un mundo en dificultad. Es decirle a Dios: "Te presento a esta persona, porque la amo y creo en tu amor por ella".
La oración de intercesión es un don silencioso, a menudo oculto, pero que da frutos poderosos. Es el aliento invisible de la Iglesia, que sostiene a los enfermos, a los perdidos, a los desanimados, a los pecadores, a los olvidados.
Una oración que llega al corazón de Cristo
Cuando oramos por los demás, nos unimos a Cristo mismo, que intercede sin cesar por la humanidad ante el Padre. Él es el gran intercesor, el que oró por Pedro, por sus discípulos, por los que iban a creer. Al orar por los demás, participamos en esta misión de misericordia.
La oración de intercesión nos arranca de la indiferencia. Ensancha nuestro corazón. Nos hace atentos, disponibles, solidarios. Nos hace puentes entre el Cielo y la Tierra.
Una fuerza en el secreto
A menudo, no vemos los frutos inmediatos de la intercesión. Sin embargo, las gracias fluyen a través de ella. Los corazones se abren, las decisiones cambian, las heridas se curan. No se trata de obtener exactamente lo que pedimos, sino de poner una intención en manos de Dios con confianza y esperanza.
En la intercesión, no actuamos en lugar de Dios, sino que le ofrecemos disponibilidad. Nos convertimos en sus instrumentos, en sus luces encendidas en la noche.
Una misión para todos
No hace falta ser sacerdote, monje o místico para interceder. Cualquiera puede hacerlo, esté donde esté. En una iglesia, en tu habitación, paseando, en silencio o recitando un rosario. La intercesión es accesible a todos: niños, jóvenes, ancianos y enfermos. Es la oración de un corazón abierto.
Al elegir rezar por los demás, nos alejamos del egocentrismo y participamos en la obra de Dios en el mundo. Es una misión humilde pero esencial.
Oración de intercesión por los que amo
Señor Jesús,
Te presento hoy a los que están confiados a mi cuidado.
Tú los conoces mejor que yo.
Tú ves sus luchas, sus alegrías, sus heridas, sus profundas necesidades.
Te confío a los enfermos,
a los que dudan, a los que lloran,
a los que están solos, a los que han perdido la fe,
a los que buscan un sentido a sus vidas.
Ven y visítalos en Tu amor.
Ven y tócalos, levántalos, ilumínalos.
Y si puedo, a través de mi oración, ser un canal de Tu gracia,
haz de mí un intercesor fiel, discreto y perseverante.
Creo que Tu luz llega incluso en el silencio.
Te doy gracias por lo que harás.
Amén.