Un pueblo jubiloso... ¿hasta cuándo?
El Domingo de Ramos comienza con alegría. Jesús entra en Jerusalén aclamado. La multitud está allí, reunida, entusiasmada. Se cortan ramas, se extienden mantos, se grita "¡Hosanna!" y se reconoce a Jesús como el que viene en nombre del Señor. El ambiente es triunfal y luminoso. La expectación es grande. Creemos que algo grande está a punto de suceder. Y sin embargo...
Unos días después, esa misma multitud grita: "¡Crucifícalo!". Ella se da la vuelta. Permanecen en silencio. Observan, sin decir una palabra, cómo el rey al que aclamaban es conducido a la crucifixión. Es aquí, en esta brutal inversión, donde se revela la fragilidad de nuestro "Hosanna". Una fragilidad humana, universal. Y que, si tenemos la humildad de reconocerla, puede convertirse en un camino de conversión.
Nuestros impulsos sinceros... pero inestables
Cuando leemos este pasaje, es fácil juzgar a la multitud. Acusarla de inconstante, hipócrita, traicionera. Pero si somos sinceros, esa multitud también somos nosotros. ¿Cuántas veces hemos aclamado a Jesús con todo nuestro corazón... sólo para olvidarlo unos días después? ¿Cuántas veces nuestras oraciones han sido fuertes, sinceras, ardientes... antes de apagarse en la vida cotidiana o diluirse por las distracciones?
Nuestros "Hosannas" son a menudo sinceros. Pero son frágiles. Se dejan llevar por la emoción, el momento, el deseo de creer. Pero no siempre resisten la prueba, la prueba del tiempo, el silencio de Dios. Como Pedro, que prometió no traicionar nunca, y luego negó. Como los discípulos que siguen ardientemente, y luego huyen al huerto de Getsemaní. La fe es un viaje. No una emoción pasajera. Y es en esta fragilidad reconocida donde Dios sale a nuestro encuentro.
Jesús no se arredra ante la inconstancia
Lo profundamente conmovedor del Evangelio es que Jesús conoce el corazón de los hombres. Sabe que esas aclamaciones no durarán. Sabe que sus amigos se dormirán justo cuando más los necesita. Sabe que la multitud cambiará de bando. Y, sin embargo, sigue adelante. Entra en Jerusalén con los ojos abiertos. No se deja seducir por la gloria fácil. Llega a amar hasta el final.
No da la espalda a quienes le abandonarán. No condena a los que le olvidan. Sigue dando. Perdonando. Amando. Su fidelidad no depende de la nuestra. Él es fiel, incluso cuando nosotros no lo somos. Y eso es lo que salva. Eso es lo que nos eleva. Lo que hace de nuestros frágiles "Hosannas" un punto de partida, no una condena.
Y yo, ¿qué hago con mis "Hosannas?"
Todo cristiano está invitado a hacerse esta pregunta. ¿Soy discípulo sólo en el entusiasmo? ¿Reconozco a Cristo cuando es aclamado, pero me alejo cuando es humillado? ¿Permanezco junto a Él cuando está en la cruz, o prefiero olvidarle cuando molesta?
No es una invitación a la culpa. Es una invitación a la verdad. A la humildad. A la fidelidad silenciosa. Nuestros impulsos son preciosos. Nuestras oraciones son sinceras. Pero la fe necesita profundidad, perseverancia, raíces. No se mide por el número de ramas que tenemos en la mano, sino por el espacio que dejamos a Cristo en las zonas oscuras de nuestra vida.
Del "Hosanna" al silencio del sepulcro... y a la luz de la mañana
La Semana Santa es un viaje. Comienza con la celebración, pasa por la traición, el sufrimiento y la muerte... y termina con la Resurrección. Jesús no rechaza nuestra aclamación, pero nos invita a seguirle hasta el final.
Nuestros frágiles "Hosanna" pueden convertirse, por la gracia de Dios, en oraciones sólidas. Nuestras promesas inestables pueden transformarse en compromisos profundos. No se trata de ser perfectos. Se trata de mantener el rumbo. Seguir caminando. Se trata de volver a levantarse. Y creer que, incluso cuando nuestra fe vacila, Él nunca se aparta.
Conclusión
El Domingo de Ramos pone de relieve la fragilidad del corazón humano. Revela que nuestros "Hosanna" son a veces volátiles, pero que pueden llegar a ser verdaderos si los anclamos en el amor. Seguir a Cristo no es sólo aclamarlo en la luz, es elegirlo en la oscuridad. Y es precisamente ahí donde comienza a amanecer la luz de la Pascua. En un corazón que, a pesar de sus debilidades, sigue diciendo: "Señor, quiero seguirte".