Dios nunca se impone. Llama suavemente a la puerta de nuestro corazón, pero espera a que le abramos. La Cuaresma es un tiempo especial del año en el que nos sentimos llamados a hacerle un poco más de sitio. No para complicarnos la vida o aumentar nuestras obligaciones, sino para volver a lo esencial. Porque Dios no está lejos, ya está aquí. Sólo está esperando que le demos un poco más de espacio en medio de nuestros días, a menudo llenos, apresurados y dispersos. Entonces, ¿cómo podemos hacer sitio para Dios, en términos prácticos, en nuestra vida cotidiana?
Empieza con un pequeño "sí" interior
Hacer sitio a Dios empieza con una intención. Un pequeño, sencillo pero sincero "sí" interior. No es cuestión de número de oraciones, sino de un corazón abierto. Puedes decirle a primera hora de la mañana: "Señor, te ofrezco este día. Quédate conmigo". Este pequeño gesto interior, discreto pero verdadero, se convierte en una llave: abre nuestro corazón a su presencia.
Encontrar momentos de silencio
El silencio es raro, pero precioso. Incluso en medio del ruido, podemos crear pequeñas pausas. Cierra los ojos unos segundos. Apaga una pantalla para escuchar el silencio. Respira despacio, recordando que Dios está ahí. Lo que cuenta no es el silencio perfecto, sino la atención que le prestamos. Y en esos momentos, Dios habla, suavemente, de otra manera.
Integrar a Dios en los gestos sencillos
Dios se encuentra en las pequeñas cosas. En los platos hechos con amor. En la forma de mirar a alguien. En hacer tu trabajo con esmero. Ofreciéndole estos gestos, hasta lo más banal se convierte en oración. No se trata de transformarlo todo, sino de hacer lo que hacemos con el corazón vuelto hacia Él. Ahí es donde la fe se hace vida.
Lee un versículo y llévalo contigo
A veces un versículo es suficiente para todo un día. Puedes leerlo por la mañana, escribirlo en un papel o simplemente guardarlo en tu cabeza. Este versículo se convierte en una luz para el día, un punto de referencia interior. Nos devuelve a Dios cuando estamos un poco perdidos. Es una manera sencilla pero poderosa de permanecer en contacto con Él.
Esté atento a los que encuentre
Dios pasa a menudo a través de los demás. Una sonrisa intercambiada, una palabra dada, un servicio prestado. Hacer sitio a Dios significa también hacer sitio a los demás. Elegir amar un poco más, escuchar un poco mejor, perdonar un poco más rápido. Y en esta apertura, es a Dios a quien acogemos, incluso sin darnos cuenta.
Conclusión
Hacer sitio a Dios no es añadir algo más a nuestros ya ajetreados días. Más bien, es una manera diferente de vivir lo que ya estamos viviendo. Es invitar a Dios a lo que ya existe, abrir un rincón de nuestro corazón, de nuestro tiempo, de nuestro silencio. Durante la Cuaresma, este pequeño gesto de apertura puede transformar nuestra vida cotidiana. Y en este espacio que le dejamos, Dios viene, discretamente, humildemente, pero con fuerza.