Un niño prometido y consagrado
La vida de san Juan Bautista comienza en el misterio de la promesa. Sus padres, Zacarías e Isabel, eran de edad avanzada y no tenían hijos propios. Pero el ángel Gabriel se apareció a Zacarías y le anunció el nacimiento de un hijo, lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre. Juan fue así consagrado a Dios incluso antes de su nacimiento, elegido para ser el precursor del Mesías.
Su nacimiento es un signo de la fidelidad de Dios: lo que parece imposible para el hombre se hace realidad por el poder divino. Juan creció en el desierto, alejado del mundo, en una vida de oración, ascetismo y escucha.
Una voz que grita en el desierto
Juan Bautista es ante todo una voz: una voz que prepara, que despierta, que llama a la conversión. Aparece en el desierto de Judea con un mensaje radical: "Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca." No busca la popularidad, no habla para agradar. Habla con la verdad. Anuncia que el mundo debe cambiar, que los corazones deben abrirse.
Bautiza en el Jordán para preparar los corazones a la venida de Aquel que es más grande que él. Y cuando aparece Jesús, Juan reconoce en Él al Cordero de Dios. No se guardó nada: señaló a Cristo y se hizo a un lado. "
Un testigo hasta el fin
Juan el Bautista es un hombre recto y verdadero. No calla ante la injusticia, aunque le cueste. Se atreve a denunciar el pecado de Herodes, que vive con la mujer de su hermano. Por ello, es encarcelado y luego ejecutado.
Hasta el final, Juan permanece fiel a su misión. Preparó el camino, mostró a Cristo, dio su vida. Es el último profeta y el primer testigo del Evangelio.
Un modelo para nuestra fe
Juan Bautista nos enseña a dejar sitio a Dios. Nos enseña humildad, valentía y fidelidad. En un mundo ruidoso, nos invita al silencio del desierto. En un mundo que halaga el ego, nos llama a hacernos a un lado para que aparezca Cristo.
Nos muestra que la verdadera grandeza no es brillar, sino preparar el camino del Señor en el corazón de los demás.
Oración a San Juan Bautista
San Juan Bautista,
tú que fuiste elegido para preparar el camino del Señor,
enseñadnos a reconocer su venida en nuestras vidas.
Danos tu valentía para proclamar la verdad,
tu humildad para borrarnos ante Aquel que viene,
tu fe para caminar incluso en el desierto.
Tú que bautizaste a Jesús en las aguas del Jordán,
sumerge nuestros corazones en el agua viva del Espíritu,
y hazlos disponibles a la llamada de Dios.
Intercede por nosotros,
para que seamos testigos fieles,
voces que anuncien la luz en las tinieblas.
Amén.